sábado, 16 de enero de 2010

About meanings (breves notas acerca de la traducción)

Nada en la vida es literal, ergo, la traducción de un libro no escapará a esta premisa*.


Cada lengua posee reglas explícitas –sintaxis, gramática, semántica, morfología, cohesión, coherencia y adecuación– que le son propias, pero, fundamentalmente, existe un contexto invisible que la atraviesa: el marco cultural en el cual está inserta y es el que marca lo que decimos, escribimos y leemos (cómo leemos dentro de ese contexto) predefiniéndola desde su origen.

Partiendo de esta idea, a la hora de tomar la decisión de editar una obra cuyo original es en otro idioma, es importante saber que la clave para un editor cuidadoso es trabajar con un buen traductor, que no solo posea experticia en el idioma del que va a ser traducida la obra, sino que también sea conocedor de la normativa de la lengua de llegada –o, al menos, que cuente con el asesoramiento de un corrector de estilo o de algún experto en la materia–. El traductor, tanto como el corrector y el editor, debe ser –o al menos es lo más conveniente– un lector avezado y un escritor –o, aunque más no sea, un buen redactor–, pero, ante todo, un apasionado por las letras y el idioma –su materia prima–, a fin de lograr un resultado prolijo.

Principalmente, el traductor debe ser perspicaz a la hora de llevar a cabo su tarea: no debe ser un «repetidor» de ideas, de frases literales, sino que debe agudizar su capacidad para descubrir los auténticos sentidos que se esconden en el tramado textual para poder trasladarlos a la lengua de llegada. No es necesario –más bien todo lo contrario– que las frases sean exactas, ya que lo primordial –sin desvíos y con mesura, por supuesto– es que el texto, la obra en sí, conserven el espíritu del original y que sea inteligible y comprensible para el entendimiento y la asimilación del lector, lo cual, no significa el detrimento de la fidelidad al original.

Todo este proceso implica, amerita y conlleva la elección de un buen traductor, y es a causa de esto que suele decirse que una traducción constituye una nueva obra (hecho por el cual, el traductor, la mar de las veces, aparece en las menciones de responsabilidad); por esto, si bien aquel debe ser muy responsable en su función, ninguna obra traducida debe ver la luz, sin haber pasado antes por las instancias de edición y de corrección.

Finalmente, una cuestión que atañe al editor –y en segunda instancia, al corrector– es la recomendación o sugerencia de contar con conocimientos en otras lenguas, a fin de poder evaluar, verificar y supervisar traducciones y traductores.

Las traducciones, lejos de amedrentar a los editores, deben constituir un bello desafío para la carrera de un editor.



*Partiendo de la certeza de que nadie conoce o sabe todas las lenguas del planeta.